

Una notificación tras otra, el brillo de la pantalla encendido hasta bien entrada la noche, la sensación constante de tener que responder mensajes o revisar redes sociales. Este tipo de hiperconexión se ha vuelto parte habitual de la vida moderna, pero cada vez más personas sienten que necesitan hacer una pausa. ¿Qué pasa realmente con nuestro bienestar cuando decidimos desconectarnos del entorno digital por unas horas? ¿Es tan saludable como suena?
Una nueva investigación llevada a cabo por la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz y la Universidad Friedrich-Alexander de Erlangen-Núremberg propone una respuesta matizada. El estudio analizó cómo las pausas digitales influyen en el bienestar cotidiano y, sobre todo, qué papel juega la motivación personal para desconectarse. ¿El hallazgo central? Las pausas pueden tener efectos positivos, pero solo si son voluntarias. Y, aun así, esos efectos tienden a ser pequeños y de corta duración.

Desconectar sí funciona, pero no siempre ni para todos
Los investigadores realizaron un seguimiento durante dos semanas a 237 personas jóvenes, de entre 18 y 35 años, quienes reportaron más de 12.000 momentos de uso y no uso digital. A diferencia de otros estudios que imponen un “apagón” digital forzado, este optó por un enfoque observacional. Es decir, los participantes decidían por sí mismos cuándo y cómo reducir su exposición a medios digitales.
En ese marco naturalista, el estudio encontró que, en las situaciones donde los participantes se desconectaron más de lo habitual, reportaron mayor bienestar afectivo, más energía y mayor sensación de conexión con otras personas. Tal como explican los autores: “Cuando las personas se desconectaban más durante las dos horas anteriores de lo que suelen hacer, reportaban un ligero aumento en el bienestar afectivo, los niveles de energía y la conexión con otros”.
Sin embargo, estos efectos no se mantenían en el tiempo ni eran iguales para todas las personas. El propio análisis reconoció que el impacto general era modesto, y que algunas personas solo experimentaban beneficios si el grado de desconexión era considerable. Además, los efectos desaparecían al cabo de dos o tres horas, lo que sugiere que se trata de un alivio puntual, no de un cambio duradero.
El factor clave: la motivación para desconectarse
Uno de los hallazgos más relevantes fue que la motivación intrínseca, es decir, sentir que uno elige desconectarse por decisión propia, influye directamente en los resultados. Las personas que desconectaban por elección propia experimentaban un mayor bienestar emocional, más energía y más conexión social que quienes lo hacían por obligación.
Según el estudio: “La motivación intrínseca también mostró asociaciones directas significativas con todos los indicadores de bienestar, tanto a nivel situacional como entre personas”. De hecho, cuando las personas sentían que la desconexión era impuesta —por ejemplo, una norma en el trabajo o una regla social—, los efectos positivos desaparecían e incluso podían volverse negativos.
Este resultado encaja con teorías psicológicas previas como la de la autodeterminación, que indican que tener control sobre nuestras decisiones mejora la percepción de bienestar. No se trata solo de estar lejos del teléfono, sino de decidir cuándo y cómo hacerlo.

No todo tipo de desconexión funciona igual
La investigación también examinó qué tipo de desconexión tenía más impacto. Para ello, se usó una clasificación jerárquica que va desde apagar el dispositivo por completo, hasta acciones más sutiles como silenciar notificaciones, evitar ciertas apps o simplemente dejar de interactuar con determinadas personas.
Los resultados mostraron que desconectarse del dispositivo completo (por ejemplo, guardar el teléfono) fue el único tipo de pausa que se asoció con menos estrés. También fue el que tuvo mayor relación con mejoras en el bienestar emocional y la sensación de conexión. En cambio, otras formas más parciales de desconexión —como evitar una app o bloquear contenido negativo— no mostraron beneficios claros.
Esto sugiere que, aunque muchas personas intentan “regular” su uso digital con pequeños ajustes, las pausas más contundentes son las que generan un alivio emocional más perceptible. Eso sí, solo si son voluntarias.
Los límites del descanso digital
Aunque el estudio ofrece pistas valiosas, también invita a moderar las expectativas. Los beneficios de desconectarse, aunque reales, son limitados. Los autores reconocen que “las estimaciones estandarizadas eran pequeñas” y que el bienestar emocional es un fenómeno complejo, influido por muchos factores además del uso digital.
Otra observación importante es que la desconexión digital no reduce automáticamente el estrés. Este hallazgo desafía la creencia común de que “apagarse” es siempre relajante. De hecho, solo cuando se controló el uso digital con fines laborales o recreativos, aparecieron algunas señales de reducción del estrés, lo que sugiere que el contexto en que se da la desconexión importa.
En definitiva, lo que parece claro es que los beneficios emocionales de “alejarse del móvil” existen, pero no son automáticos ni garantizados. Dependen del tipo de pausa, de la motivación personal y del momento del día.
Lo que podemos aprender de estos datos
Este estudio aporta una visión más equilibrada sobre el fenómeno del “descanso digital”, alejándose de las ideas extremas que a menudo se difunden en redes o medios. Desconectar de lo digital puede ser útil, pero no es una solución mágica. Los efectos son pequeños, de corta duración y sensibles al contexto.
No se trata de dejar el teléfono para siempre ni de vivir conectado sin freno. La clave está en saber cuándo, cómo y por qué tomamos esa pausa. El simple hecho de tener la libertad de elegir cuándo desconectar ya mejora el bienestar emocional, aunque no usemos esa opción con frecuencia. Como señala el estudio: “Tener la opción de desconectar libremente puede beneficiar el bienestar, independientemente de si las personas realmente la ejercen”.
Este tipo de hallazgos también pone en cuestión las políticas rígidas que imponen la desconexión sin dar opciones al usuario. Mejor que prohibir es dar herramientas, fomentar la autonomía y cultivar hábitos conscientes de conexión y desconexión. En última instancia, parece que no es el teléfono el problema, sino cómo lo usamos —y si podemos dejarlo cuando realmente lo necesitamos.
Referencias
Gilbert, A., Klingelhoefer, J., & Meier, A. (2024). Disconnect to recharge: Well-being benefits of digital disconnection in daily life. Communication Research. https://doi.org/10.1177/00936502241251932