Por primera vez, se vincula la extinción del Homo floresiensis con una sequía prehistórica que duró 15.000 años: investigadores reconstruyen el colapso ecológico que acabó con los “hobbits” de Flores

Una sequía milenaria transformó la isla de Flores y empujó a los últimos “hobbits” humanos a un destino irreversible.
Hobbits de FloresHobbits de Flores
Según una nueva investigación, los ‘hobbits’ de Flores pudieron extinguirse cuando la prolongada sequía los obligó a desplazarse y enfrentarse a grupos de humanos modernos en competencia por los mismos recursos. Foto: Cícero Moraes

Durante más de 50.000 años, los restos del Homo floresiensis, apodado “el hobbit” por su pequeño tamaño, yacieron ocultos en la cueva de Liang Bua, en la isla de Flores, Indonesia. Desde su descubrimiento en 2003, esta especie ha sido una incógnita fascinante para la paleoantropología: ¿cómo vivían estos seres humanos arcaicos y, sobre todo, por qué desaparecieron?

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Una reciente investigación publicada en Communications Earth & Environment por un equipo internacional liderado por el geólogo Michael K. Gagan ofrece una posible respuesta tan inquietante como reveladora: los hobbits no sucumbieron repentinamente, sino que fueron víctimas de un proceso lento y devastador de aridificación estacional. Un fenómeno climático que, sumado a la pérdida de recursos clave y al eventual contacto con Homo sapiens, habría sentenciado a esta especie a la extinción.

El punto de partida de la investigación es un estalagmito extraído de la cercana cueva de Liang Luar. Este espeleotema, como se conoce en términos científicos, actúa como una especie de archivo geológico natural: al analizar su composición química, en particular las proporciones de magnesio y calcio, los investigadores lograron reconstruir cómo variaron las lluvias en la región entre hace 91.000 y 47.000 años.

Los datos revelan un patrón inquietante. A lo largo de 15.000 años, desde hace 76.000 hasta 61.000 años, la isla de Flores experimentó una reducción del 37 % en sus precipitaciones anuales, pasando de un promedio de 1.560 mm a solo 990 mm. Más alarmante aún: la lluvia estacional de verano —fundamental para la recarga de acuíferos y la vida vegetal— cayó a un mínimo histórico de apenas 450 mm, un 48 % menos que los niveles actuales.

Este cambio no fue puntual ni catastrófico: fue paulatino, sostenido y destructivo. Durante ese tiempo, el paisaje de Flores se volvió más seco y fragmentado. El acceso al agua dulce, fundamental para cualquier forma de vida, comenzó a escasear. Y con ello, los grandes herbívoros —en especial el Stegodon florensis insularis, una especie de elefante en miniatura— comenzaron a desaparecer.

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El Homo floresiensis compartía su entorno con un elenco peculiar de fauna insular: cigüeñas gigantes, buitres y, sobre todo, stegodones, que constituían una parte esencial de su dieta. La conexión entre humanos y esta megafauna era más que alimenticia: era ecológica, cultural y, como ahora parece evidente, existencial.

El nuevo estudio geológico se complementó con un análisis isotópico de los dientes fósiles de stegodones encontrados en los mismos niveles estratigráficos que los restos humanos. Los resultados muestran un paralelo inquietante: los valores de oxígeno en los dientes —indicadores del agua que bebían los animales— también reflejan una creciente aridez, lo que sugiere que estas criaturas comenzaron a desplazarse hacia zonas más húmedas, probablemente hacia las costas.

La caza se volvió más difícil. Las manadas se redujeron. El alimento escaseaba. Para los hobbits, cuya capacidad adaptativa era limitada debido a su aislamiento evolutivo, esto representó un desafío insuperable. Cuando los stegodones desaparecieron del registro fósil, hace unos 50.000 años, también lo hizo el Homo floresiensis.

Vista aérea de la isla de Flores, en Indonesia, donde habitó el enigmático Homo floresiensis hace más de 50.000 años
Vista aérea de la isla de Flores en Indonesia donde habitó el enigmático <em>Homo floresiensis<em> hace más de 50000 años

El impacto del entorno insular

Flores no es una isla cualquiera. Su tamaño, altitud y posición geográfica la convierten en un laboratorio natural ideal para estudiar las dinámicas entre clima, fauna y evolución humana. En un entorno tan restringido, donde no es posible migrar a largas distancias ni acceder a nuevos ecosistemas, cada cambio climático tiene consecuencias amplificadas.

Los investigadores destacan que, a diferencia de animales continentales, ni stegodones ni hobbits podían simplemente desplazarse a otro territorio cuando el agua comenzó a escasear. Las áreas más húmedas se convirtieron en zonas de alta competencia, y la presión sobre los recursos aumentó drásticamente. La isla, antaño un refugio evolutivo, se convirtió en una trampa ecológica.

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Además, se plantea una hipótesis inquietante: al migrar hacia la costa en busca de recursos hídricos, los hobbits podrían haberse encontrado por primera vez con grupos de Homo sapiens, que comenzaban a expandirse por la región desde Asia continental. El contacto, directo o indirecto, pudo haber introducido una competencia brutal o incluso enfermedades a las que H. floresiensis no estaba preparado para enfrentar.

El golpe de gracia llegó desde el cielo. Hace unos 50.000 años, una erupción volcánica cubrió la isla con una capa de cenizas y rocas. Este evento, bien registrado en la estratigrafía de Liang Bua, pudo haber devastado la ya frágil ecología de Flores. Con menos agua, sin presas y enfrentando posibles conflictos con otros humanos, los últimos hobbits podrían haber desaparecido en cuestión de generaciones.

Este desenlace, lejos de ser una simple extinción local, es un testimonio de cómo la combinación de factores ambientales, ecológicos y sociales puede conducir a la desaparición de una especie humana. En este caso, no hubo un único culpable, sino una tormenta perfecta de sequías, pérdida de recursos, aislamiento y desastres naturales.

Lo más fascinante de este estudio no es solo que aporta nueva luz sobre una extinción pasada, sino que también ofrece paralelismos inquietantes con el presente. En un mundo donde el cambio climático, la fragmentación del hábitat y la presión sobre los recursos son cada vez más intensos, la historia de los hobbits de Flores resuena como una advertencia silenciosa desde el pasado.

La investigación, detallada y multidisciplinar, representa un avance significativo en la comprensión del impacto del clima sobre la evolución humana. También reivindica el valor de estudiar estalagmitas, fósiles y registros isotópicos para contar historias profundas que van más allá de los huesos y las piedras.

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Quizá nunca sepamos con certeza cómo fue el último día de los hobbits en Liang Bua. Pero ahora sabemos que su desaparición no fue repentina ni misteriosa: fue el resultado de un mundo que se volvió, poco a poco, inhabitable.