

Cuando pensamos en el Golfo Pérsico, lo primero que nos viene a la cabeza son sus riquezas petrolíferas, sus rascacielos y su historia reciente. Sin embargo, bajo las arenas de su costa occidental, el pasado guarda un tesoro mucho más antiguo y olvidado: un inmenso yacimiento fósil marino donde yacen los restos de decenas de mamíferos acuáticos que nadaron por sus aguas hace más de 20 millones de años.
En una investigación conjunta entre el Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian y los Museos de Qatar, un equipo de paleontólogos ha documentado el mayor conjunto conocido de fósiles de sirénidos —una familia de mamíferos marinos a la que pertenecen los actuales dugongos y manatíes—. El hallazgo, publicado en la revista PeerJ, no solo multiplica el conocimiento sobre estos animales extintos, sino que también revela una nueva especie, Salwasiren qatarensis, bautizada así en honor a la Bahía de Salwa y al país donde ha sido descubierta.
Un mar olvidado y una historia sumergida
El yacimiento se encuentra en una región protegida del suroeste de Qatar, conocida como Al Maszhabiya. Aunque los primeros indicios de fósiles se detectaron en los años 70 durante trabajos de prospección geológica, durante décadas se creyó que pertenecían a reptiles. No fue hasta principios del siglo XXI cuando se reconoció su verdadera naturaleza: un gigantesco “cementerio de dugongos”.
La sorpresa fue aún mayor cuando, tras una serie de trabajos de campo entre 2023 y 2024, los investigadores localizaron más de 170 puntos con restos fósiles repartidos en menos de un kilómetro cuadrado. Un hueso aquí, unas costillas más allá, vértebras, mandíbulas, dientes… Todos ellos indicios de que ese lugar fue, en el Mioceno temprano, hace unos 21 millones de años, un hervidero de vida marina.

La pieza clave de la investigación es el esqueleto parcial de una nueva especie de sirénido, descrita científicamente por primera vez en este estudio. Salwasiren qatarensis era un mamífero marino de tamaño modesto, de unos 250 kilos de peso, menos de un tercio de lo que puede alcanzar un dugongo moderno. Vivía en aguas cálidas y someras cubiertas de praderas marinas, y presentaba un cuerpo robusto, un hocico más recto y colmillos diminutos.
Su descubrimiento resulta fundamental por varios motivos. En primer lugar, demuestra que los ecosistemas marinos del Golfo ya estaban ocupados y transformados por estos animales mucho antes de cualquier intervención humana. En segundo lugar, el tipo de fósiles hallados —desarticulados, pero poco erosionados y sin señales de transporte violento— apunta a una acumulación natural de restos a lo largo de miles de años, como si el fondo marino hubiera ido guardando, generación tras generación, los cuerpos de estos animales.
Ingenieros marinos del pasado
Los dugongos actuales son conocidos por su capacidad de modificar el lecho marino. Al alimentarse de hierbas marinas, arrancan la vegetación con su hocico, remueven el sedimento y liberan nutrientes que benefician a todo el ecosistema. Es un comportamiento silencioso, pero decisivo.
Lo más revelador del hallazgo es que la abundancia y concentración de fósiles indica que Salwasiren desempeñaba exactamente ese mismo papel hace 21 millones de años. Aunque las especies han cambiado con el tiempo, la función ecológica se ha mantenido. En términos evolutivos, esto revela una estabilidad extraordinaria: el relevo de actores, pero no de funciones, a lo largo de millones de años.
El valor del pasado para el presente
Las praderas marinas rara vez dejan huella en el registro fósil, pero los animales que dependían de ellas sí. Los restos de Salwasiren cuentan, de forma indirecta, la historia de antiguos ecosistemas sumergidos. Un archivo natural que permite entender cómo respondieron esos entornos a cambios de temperatura, salinidad o nivel del mar, factores que hoy vuelven a estar en el centro del debate climático.
No es una cuestión teórica. Los dugongos actuales, que aún sobreviven en aguas del Golfo, especialmente entre Qatar y Baréin, se enfrentan a amenazas crecientes: pesca accidental, urbanización costera, contaminación y el aumento de la temperatura del agua. Su desaparición podría desencadenar un deterioro rápido de las praderas submarinas.
Por eso, conocer cómo resistieron sus antecesores los cambios ambientales del pasado puede ofrecer claves para su conservación presente. La historia de Salwasiren es también una advertencia: incluso los ecosistemas más estables pueden romperse si se sobrepasan ciertos límites.

Un yacimiento que pide ser protegido
Con más de 300 fósiles documentados y un grado de conservación excepcional, el yacimiento de Al Maszhabiya ya ha sido propuesto para su reconocimiento como Patrimonio Mundial de la UNESCO. Su riqueza no se limita a los sirénidos: en la zona también han aparecido restos de tiburones, tortugas marinas, peces óseos y cetáceos primitivos.
Además, muchos de estos fósiles están siendo digitalizados en tres dimensiones para que puedan ser estudiados sin poner en riesgo su conservación. Una forma de abrir el pasado al mundo sin extraerlo del desierto.
Al Maszhabiya no es solo un yacimiento fósil. Es una ventana a un Golfo Pérsico remoto, rico en biodiversidad y sorprendentemente familiar en sus dinámicas naturales. Un recordatorio de que la historia del planeta no solo se escribe en ciudades y civilizaciones, sino también en los silencios del fondo marino.