

En la historia de la medicina moderna, hay fechas que marcan un antes y un después. Una de ellas, aunque poco conocida por el gran público, es el 28 de septiembre de 1928. Ese día, un científico escocés de carácter reservado y hábitos desordenados regresó a su laboratorio tras unas vacaciones. Lo que encontró allí no solo no estaba planeado: fue, en apariencia, un error. Pero resultó ser el inicio de una auténtica revolución médica.
El protagonista era Alexander Fleming, microbiólogo del Hospital St. Mary’s de Londres. Durante días había estado cultivando bacterias en placas de Petri, un procedimiento rutinario en su investigación sobre infecciones. Pero, al regresar, una de esas placas mostraba algo peculiar: una mancha de moho verde había crecido en el borde, y a su alrededor, las bacterias habían desaparecido.
Para muchos, esa placa habría terminado en la basura. Pero Fleming, con la intuición que define a los grandes investigadores, decidió observar más de cerca. Lo que había matado a las bacterias no era una sustancia química diseñada en laboratorio, sino un organismo natural: un hongo del género Penicillium. Aquello fue el germen —literal y figurado— del primer antibiótico de la historia: la penicilina.
Diez años de silencio
A pesar de lo prometedor del hallazgo, nadie pareció prestar atención. Fleming publicó sus observaciones, pero no contaba con los recursos técnicos para aislar y purificar la sustancia activa. Su investigación, aunque pionera, quedó estancada. En un mundo donde la medicina aún luchaba contra enfermedades que hoy nos parecen menores —como una simple infección en la piel—, la clave para cambiarlo todo permanecía ignorada, atrapada en un artículo técnico que nadie retomaría durante casi una década.
Fue entonces, en 1938, cuando el destino dio un giro inesperado. En la Universidad de Oxford, un equipo de investigadores liderado por Howard Florey y Ernst Chain se topó con el trabajo de Fleming mientras buscaban nuevas formas de combatir bacterias. Esta vez, la historia no quedó en el papel. Con la ayuda del bioquímico Norman Heatley, lograron aislar el principio activo de la penicilina y empezaron a experimentar con animales infectados.
El resultado fue impactante: los ratones tratados con el nuevo compuesto sobrevivían, mientras que los demás morían. El paso siguiente era evidente: probar en humanos. Pero había un problema. Para obtener una cantidad mínima de penicilina se necesitaban litros y litros de cultivo, y el proceso era tan lento que apenas se podía tratar a una sola persona.
Lo que comenzó como una simple anomalía en un laboratorio terminó convirtiéndose en uno de los avances científicos más importantes del siglo XX. Foto: WikimediaEl melón que salvó a millones de personas
La solución no vino de una universidad prestigiosa ni de un laboratorio sofisticado, sino del mercado local de Peoria, Illinois. En 1941, durante un viaje a Estados Unidos para colaborar con científicos norteamericanos, uno de los miembros del equipo encontró un melón cubierto de moho —un cantalupo— que resultó contener una cepa extraordinariamente productiva del hongo Penicillium chrysogenum. Este hallazgo casual, sumado a técnicas de mutación con rayos X, permitió multiplicar la producción de penicilina a niveles impensables hasta entonces.
Gracias a ello, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, los aliados ya disponían de un arma médica sin precedentes. Miles de soldados heridos en combate sobrevivieron gracias al nuevo antibiótico, que evitaba infecciones que antes eran letales. Por primera vez, la medicina tenía una herramienta eficaz para combatir la mayoría de las infecciones bacterianas. El impacto fue tan profundo que, tras el conflicto, la penicilina pasó a ser producida en masa para la población civil.
Un giro evolutivo inesperado
La penicilina no fue solo un avance médico: cambió la forma en que la humanidad entendía la enfermedad. Permitió cirugías más seguras, redujo la mortalidad infantil, y se convirtió en el pilar de la medicina del siglo XX. Pero no todo fueron buenas noticias. Muy pronto, comenzaron a aparecer señales de alarma: algunas bacterias mostraban resistencia. El fármaco milagroso no era infalible, y su uso masivo —y a veces innecesario— provocó una reacción natural: las bacterias evolucionaron.
Fleming, que ya para entonces había sido reconocido junto a Florey y Chain con el Premio Nobel de Medicina en 1945, advirtió sobre este fenómeno. Sabía que el abuso del antibiótico podría desatar un problema global. No se equivocó. Hoy, la resistencia bacteriana es una de las mayores amenazas para la salud pública mundial, y el legado de la penicilina convive con el reto de mantener su eficacia ante enemigos que no dejan de adaptarse.
Lo que hace tan fascinante esta historia no es solo el impacto de la penicilina, sino cómo se descubrió. No fue fruto de una búsqueda sistemática, ni de un experimento planeado. Fue el resultado de una casualidad científica, de un descuido y de la mente abierta de un investigador capaz de ver en una placa contaminada algo más que basura de laboratorio.
Curiosamente, Fleming no volvió a trabajar intensamente con la penicilina tras su descubrimiento. Su vida no cambió radicalmente hasta que los medios comenzaron a contar la historia. A partir de entonces, fue celebrado como un héroe silencioso, un símbolo del poder de la ciencia. Pero incluso él sabía que sin el trabajo de quienes continuaron lo que él empezó, la penicilina jamás habría llegado a los hospitales.
A casi un siglo del hallazgo original, la penicilina sigue usándose en todo el mundo. Ha sido el punto de partida de más de 100 antibióticos distintos, y su descubrimiento impulsó la creación de una industria farmacéutica global. El modesto moho que creció en aquella placa de Petri dio lugar a una revolución médica, tecnológica y científica.
Pero, sobre todo, esta historia nos recuerda que la ciencia no avanza solo por grandes planes o inversiones millonarias, sino también por la capacidad de prestar atención a lo inesperado. Una mancha en un cultivo bacteriano que la mayoría habría desechado se convirtió en una de las herramientas más poderosas jamás creadas por el ser humano.
El 28 de septiembre de 1928 no fue una jornada heroica, ni un día marcado por la gloria. Fue simplemente un día más en la vida de un científico. Y sin embargo, aquel moho silencioso, invisible a simple vista, ya estaba reescribiendo la historia.