

La tarde del 3 de diciembre de 1800, cuando el frío empezaba a bajar por las laderas de la Cerdanya, un médico joven preparaba una inoculación que apenas ocupaba unos minutos y que, sin embargo, marcaría un antes y un después en la historia sanitaria de España. No hubo discursos, ni audiencias solemnes, ni crónicas oficiales. Solo un médico, una madre que había confiado en él y dos niños que se convirtieron en protagonistas involuntarios de la primera vacunación contra la viruela en territorio español.
Aquel médico era Francesc Piguillem i Verdacer, un catalán formado entre Barcelona y Cervera, inquieto lector de la ciencia europea y con una determinación poco común en una época de epidemias, guerras y precariedad sanitaria.
Piguillem nació en Puigcerdà y regresó allí tras sus estudios, dispuesto a ejercer la medicina en un contexto duro. Su padre, también médico, murió durante una epidemia en 1796, un golpe personal que coincidió con un brote de tercianas que afectó al pueblo entero. Las condiciones eran pésimas: aguas estancadas, templos insalubres, calles llenas de restos orgánicos y un ambiente de miseria agravado por los efectos de la Guerra Gran (Guerra de la Convención o de los Pirineos), que había dejado la villa devastada. En ese escenario, empezó a comprender la relación entre higiene, enfermedad y pobreza con una claridad que no era habitual en la medicina española del momento.
Mientras tanto, lejos de allí, en Inglaterra, Edward Jenner había probado una nueva idea para prevenir la viruela utilizando material procedente de lesiones de viruela vacuna. Su publicación en 1798 despertó un interés inmediato en Europa, especialmente en París, Viena y Ginebra. Piguillem no tardó en enterarse. Con una mezcla de curiosidad y urgencia, empezó a seguir de cerca el avance de esta técnica. No era solo la promesa de un remedio, sino la intuición de que podía cambiar el destino de generaciones enteras.
El médico francés François Colon, uno de los primeros en introducir la vacuna en París, se convirtió sin saberlo en una pieza clave para la historia española. Piguillem le escribió para pedirle linfa vacunal. Tres meses después recibió el pequeño recipiente que contenía lo que, para él, era una esperanza tangible.
El paquete llegó el 3 de diciembre. No lo dejó reposar ni un día. Al caer la tarde, con las últimas luces filtrándose entre los tejados de Puigcerdà, Piguillem se presentó en casa de una mujer que le había pedido que sus hijos fueran los primeros. Era una promesa sencilla, nacida de la confianza y de la urgencia de un tiempo marcado por la mortalidad infantil. Los vacunó allí mismo, sin más testigos que la familia. Después vacunó a otros dos niños de la misma parentela. Todo ocurrió en un ambiente doméstico y discreto, sin que nadie pudiera imaginar que ese gesto marcaría el inicio de la vacunación en España.
Doce días después, con las pústulas de los primeros vacunados ya formadas, Piguillem extrajo nueva linfa y continuó la inoculación, esta vez ante autoridades locales y otros vecinos interesados. A partir de aquel día, la noticia se extendió por los pueblos cercanos. Las familias llegaban con sus hijos porque, por primera vez, tenían la sensación de poder ganar una batalla que siempre habían dado por perdida. La viruela dejaba cicatrices para toda la vida o terminaba con ella. La posibilidad de evitarla era casi un milagro.
Con la Cerdanya ya protegida en gran parte, Piguillem emprendió un viaje hacia Barcelona. En su trayecto vacunó niños en Vic y, una vez en la capital, continuó utilizando linfa procedente de los primeros inoculados de Puigcerdà. Allí encontró aliados decisivos: médicos interesados en la nueva técnica y miembros de sociedades científicas que empezaban a comprender que lo que ocurría en aquel rincón de los Pirineos era el inicio de algo mayor.
Una figura inesperada entró entonces en la historia: Juan Smith Sinnot, ingeniero de la Armada y responsable de las obras del puerto de Tarragona. Smith no era médico, pero tenía contactos, autoridad y una enorme capacidad de organización. Cuando Piguillem le proporcionó linfa unos meses después, Smith hizo de Tarragona un segundo núcleo de vacunación. La ciudad lo recordaría durante décadas; tanto, que el Ayuntamiento lo inmortalizó en su fachada principal medio siglo después de su muerte. Es difícil encontrar un ejemplo más claro de cómo la vacunación se extendió gracias a la convergencia de vocaciones, talentos y circunstancias.
Pero Piguillem no fue solo el “primer vacunador”. Su vida científica muestra a un hombre profundamente comprometido con el progreso médico. Estudió el tétanos neonatal, tradujo obras clave de química moderna, observó brotes de fiebre amarilla, se adelantó a la introducción del estetoscopio en España y escribió algunos de los primeros análisis clínicos detallados en un país que aún no disponía de una prensa médica consolidada. También mantuvo una intensa correspondencia con médicos europeos, consciente de que la medicina más avanzada se movía en círculos que cruzaban fronteras.
Murió en 1826, con 56 años, después de una carrera en la que combinó docencia, práctica clínica y defensa de una medicina basada en la observación, la higiene y la evidencia. Su legado, sin embargo, no desapareció con él. Su primer acto vacunal —modesto, casi íntimo— fue el origen de un proceso que, con los años, desembocó en un calendario que hoy protege a la población de múltiples enfermedades a lo largo de toda la vida. En algunas comunidades, hasta 19 inmunizaciones forman un escudo que hubiera sido impensable en la época en la que Piguillem recorría los caminos de la Cerdanya con un pequeño frasco de linfa en el bolsillo.
La historia de la primera vacunación en España no tiene el dramatismo de una epopeya ni la grandilocuencia de un relato oficial. Es, más bien, una historia de confianza: la de una madre que quiso proteger a sus hijos, la de un médico que supo adelantarse a su tiempo y la de unas comunidades que entendieron que la ciencia podía ofrecer una salida donde antes solo había resignación.
En ese cruce de vidas, silencioso y humilde, empezó la revolución que cambió la salud pública en España. Y cambió, además, para siempre.