La ciencia confirma lo que muchos arqueólogos sospechaban: los glaciares no llevaron las piedras a Stonehenge

Un nuevo estudio geológico pone fin a una teoría que llevaba más de un siglo dividiendo a historiadores y arqueólogos: las piedras de Stonehenge no llegaron allí arrastradas por glaciares, sino por seres humanos.
Una nueva investigación científica pone fin al debate sobre el origen de las piedras de Stonehenge: fueron transportadas por humanos, no por glaciaresUna nueva investigación científica pone fin al debate sobre el origen de las piedras de Stonehenge: fueron transportadas por humanos, no por glaciares
Una nueva investigación científica pone fin al debate sobre el origen de las piedras de Stonehenge: fueron transportadas por humanos, no por glaciares. Foto: Istock

Durante décadas, el debate sobre cómo llegaron las enormes piedras de Stonehenge hasta la llanura de Salisbury ha alimentado libros, documentales y acaloradas discusiones en congresos científicos. Aunque la comunidad arqueológica se inclinaba mayoritariamente por la hipótesis humana, no faltaban voces que defendían la posibilidad de un transporte natural: glaciares que habrían llevado las rocas desde Gales o incluso Escocia durante las glaciaciones del Pleistoceno.

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Ahora, una investigación publicada en Communications Earth & Environment y liderada por el geólogo Anthony J. I. Clarke y el profesor Christopher L. Kirkland, ambos de la Curtin University (Australia), ha utilizado técnicas de geoquímica de última generación para desmontar definitivamente la teoría del transporte glaciar. El análisis microscópico de minerales en los ríos cercanos a Stonehenge no solo revela la ausencia de huellas glaciales, sino que también abre nuevas pistas sobre cómo podrían haberse trasladado las célebres piedras.

Un método revolucionario para una pregunta milenaria

La clave del estudio radica en el análisis de dos minerales extremadamente resistentes: el circón y la apatita. Estas diminutas partículas, invisibles a simple vista, se conservan en los sedimentos fluviales durante millones de años y pueden revelar con precisión el origen geológico de las rocas de las que proceden.

Si los glaciares hubieran llevado piedras desde Escocia o Gales hasta Salisbury, como proponía la teoría glaciar, los sedimentos de los ríos de la zona deberían contener partículas con una huella química vinculada a esos lugares. Pero tras analizar más de 700 granos minerales de los ríos Avon, Wylye y Bourne, los investigadores no encontraron rastro alguno de esos orígenes lejanos.

Por el contrario, los circones encontrados tienen edades comprendidas entre 1.700 y 1.100 millones de años, un rango que coincide con formaciones locales del sur de Inglaterra, en particular con materiales reciclados del Paleógeno. La apatita, por su parte, arrojó una edad media de 60 millones de años, coherente con antiguos ambientes marinos subtropicales que existieron en la región en aquella época.

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Los humanos lo hicieron: una hazaña de ingeniería prehistórica

Estos datos refuerzan lo que muchos arqueólogos ya sospechaban: que los constructores neolíticos de Stonehenge trasladaron deliberadamente los enormes bloques desde sus lugares de origen. Las famosas bluestones, algunas de entre dos y cinco toneladas, provienen de las colinas de Preseli, en el oeste de Gales, a más de 200 kilómetros de distancia. Pero el misterio es aún mayor en el caso de la Altar Stone, una piedra de seis toneladas que se cree proviene del norte de Inglaterra o incluso de Escocia.

¿Cómo lograron los antiguos británicos mover semejantes pesos a través de cientos de kilómetros sin ruedas, sin caminos pavimentados y sin maquinaria moderna? Esa es una pregunta que todavía sigue sin respuesta clara. Las hipótesis van desde el uso de trineos sobre troncos hasta rutas mixtas que habrían combinado desplazamientos fluviales con transporte terrestre. Algunos investigadores incluso barajan la posibilidad del uso de embarcaciones rudimentarias, aprovechando los ríos navegables y las costas del sur de Gran Bretaña.

Pero lo que sí parece claro es que el traslado fue una decisión consciente, organizada y técnicamente compleja, muy lejos de un proceso natural fortuito.

Glaciares: ausentes en el lugar y en las piedras

El estudio también contribuye a esclarecer un aspecto geológico hasta ahora poco definido: los límites meridionales de los glaciares que cubrieron Gran Bretaña durante el Pleistoceno. Aunque en el norte del país se conservan evidencias claras de actividad glaciar —como morrenas, estrías y bloques erráticos—, el sur de Inglaterra, y en particular Salisbury Plain, no muestra ninguna de estas señales.

La ausencia de minerales foráneos en los sedimentos actuales, sumada a la falta de depósitos glaciales en la zona, refuerza la conclusión de que las capas de hielo nunca llegaron tan al sur. Si lo hubieran hecho, habrían dejado un “rastro” geológico evidente en forma de minerales exógenos, sobre todo circón con características del norte o del oeste de la isla. No lo hay.

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Además, incluso un mínimo aporte glaciar habría alterado significativamente el perfil mineralógico del suelo, ya que las formaciones locales —el subsuelo de Salisbury está compuesto principalmente por creta, una roca pobre en minerales pesados— no podrían haber enmascarado tal intrusión.

La importancia del reciclaje geológico

Otro aspecto fascinante del estudio es la forma en que arroja luz sobre los ciclos de erosión y sedimentación en el sur de Inglaterra. Según los investigadores, los minerales detectados probablemente fueron reciclados varias veces a lo largo de millones de años. Procedentes originalmente del norte de Gran Bretaña, estos materiales fueron transportados hacia el sur en épocas anteriores y luego depositados en formaciones como la Thanet Formation, una capa de sedimentos paleógenos que en su momento cubrió gran parte del sur de Inglaterra y que se ha ido erosionando lentamente con el paso del tiempo.

Esta “memoria geológica” demuestra que los materiales pueden recorrer largas distancias sin intervención glaciar, pero no en forma de grandes bloques, sino como finos sedimentos arrastrados por ríos, vientos o mareas.

Más allá de la arqueología: una lección sobre el ingenio humano

El estudio de Clarke y Kirkland no solo responde a una vieja pregunta sobre el origen de las piedras de Stonehenge. También devuelve a los constructores neolíticos el protagonismo que merecen. La hipótesis glaciar, en cierto modo, restaba mérito a una civilización capaz de concebir y ejecutar un proyecto tan colosal sin herramientas de metal ni tecnologías modernas.

Reafirmar la autoría humana es también una reivindicación del ingenio, la voluntad colectiva y la capacidad de organización de una sociedad que, hace 5.000 años, ya era capaz de mover toneladas de piedra por cientos de kilómetros, y de alinear los monolitos con el solsticio de verano con una precisión que aún hoy nos asombra.

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