

Durante años, las vacunas contra la COVID-19 han sido el mayor escudo frente a la pandemia global, salvando millones de vidas y permitiendo a gran parte del planeta recuperar una relativa normalidad. Sin embargo, ningún medicamento es perfecto. Aunque extremadamente infrecuente, uno de los efectos secundarios más estudiados de las vacunas basadas en ARN mensajero —como las de Pfizer y Moderna— ha sido la aparición de miocarditis, una inflamación del músculo cardíaco que ha afectado especialmente a hombres jóvenes tras recibir la primera dosis. Ahora, un nuevo estudio dirigido por científicos de Stanford podría haber resuelto el misterio, y lo que es aún más sorprendente: también ofrece una forma de prevenirlo con una molécula presente en alimentos cotidianos.
El trabajo, publicado en la revista Science Translational Medicine, no solo profundiza en el mecanismo inmune que desencadena la miocarditis postvacunal, sino que sugiere una vía para evitarla sin comprometer la eficacia de las vacunas. Es un hallazgo que podría cambiar el enfoque sobre los efectos adversos de los fármacos de última generación, y que, además, llega en un momento de creciente desconfianza social hacia las vacunas basadas en ARN.
Durante la investigación, el equipo liderado por el Instituto Cardiovascular de Stanford analizó datos de personas que desarrollaron miocarditis tras recibir una vacuna mRNA y los comparó con aquellos que no presentaron efectos secundarios. Dos moléculas destacaron: CXCL10 e interferón gamma (IFN-γ), ambas proteínas señalizadoras del sistema inmune conocidas como citoquinas. Estas sustancias actúan como mensajeros en el sistema inmunitario, y en este caso concreto, parecen haber sido los principales responsables de activar un tipo de respuesta inflamatoria que acaba afectando directamente al corazón.
Los investigadores comprobaron que estas citoquinas no solo estaban elevadas en pacientes con miocarditis, sino que también podían inducirse artificialmente en laboratorio tras exponer células inmunes humanas a las vacunas de Pfizer o Moderna. Incluso al replicar la exposición en ratones, los niveles de troponina —una proteína asociada al daño cardíaco— aumentaban, lo que confirmaba el vínculo entre estas señales inmunes y la lesión en el músculo cardíaco.
Pero lo más prometedor del estudio llegó después. El equipo se propuso bloquear estos mensajeros inmunitarios para ver si era posible evitar el daño. Utilizando anticuerpos específicos contra CXCL10 e IFN-γ en ratones vacunados, observaron que la inflamación cardíaca se reducía considerablemente. El número de células inmunes infiltradas en el tejido cardíaco descendía, al igual que los biomarcadores asociados al daño miocárdico. Esto abría la puerta a una posible estrategia preventiva.
Y aquí es donde entra un viejo conocido de la cocina oriental: la genisteína. Se trata de un compuesto derivado de la soja con propiedades similares a las del estrógeno, que ya había sido estudiado por sus efectos antiinflamatorios. El equipo de Stanford decidió probarlo, y para su sorpresa, descubrió que tenía un efecto inhibidor sobre las mismas citoquinas implicadas en la miocarditis. En otras palabras, administrando genisteína a los ratones antes de vacunarlos, lograron prevenir en gran medida los efectos adversos sobre el corazón.
Aunque la genisteína está presente en alimentos como el tofu o la leche de soja, la que utilizaron los investigadores fue una versión concentrada y purificada, muy por encima de lo que se puede obtener en la dieta habitual. Aun así, el hallazgo es significativo porque sugiere que ciertos compuestos dietéticos podrían modular la respuesta inmune de forma beneficiosa, sin necesidad de recurrir a medicamentos inmunosupresores.
Los resultados también ayudan a explicar por qué la miocarditis postvacunal es más frecuente en hombres jóvenes. Las diferencias hormonales, especialmente la menor presencia de estrógenos en este grupo poblacional, podrían hacer que su sistema inmunitario sea más susceptible a los efectos de estas citoquinas inflamatorias. La genisteína, al tener una estructura parecida a la del estrógeno, podría estar supliendo parcialmente esa deficiencia.
El estudio también plantea una hipótesis interesante sobre algunos de los casos de miocarditis detectados tras la vacunación. Según los investigadores, es posible que en ciertos individuos la inflamación cardíaca no se deba directamente a la vacuna en sí, sino a una lesión preexistente no diagnosticada en el corazón. En estos casos, se han observado niveles anómalos de troponina —una proteína que actúa como marcador de daño cardíaco— incluso fuera del tejido cardíaco, lo que sugiere que ya existía una afectación previa.
Lo que hace la vacuna, en esos contextos, es activar una respuesta inmunitaria que, al encontrar un tejido previamente dañado, puede exagerar su reacción y provocar inflamación alrededor del corazón. Es decir, la vacuna actuaría como desencadenante en un terreno ya alterado, no como la causa primaria del problema.
Este detalle es crucial, porque señala que esas personas probablemente habrían sufrido una miocarditis aún más grave si se hubieran infectado con el virus sin estar vacunadas. En ese sentido, el estudio no solo ayuda a entender mejor los efectos secundarios, sino que refuerza la utilidad preventiva de las vacunas frente a un virus que también puede causar daños al corazón —pero con mayor frecuencia y gravedad.
El descubrimiento llega en un momento tenso para las vacunas de ARN mensajero. A pesar de su demostrada eficacia, algunas voces políticas y sectores escépticos han cuestionado su seguridad, a menudo sin pruebas sólidas. Incluso ha habido iniciativas para prohibirlas en determinados estados de EE. UU. y se han cancelado contratos millonarios para su investigación. Estudios como este, sin embargo, demuestran que abordar los efectos secundarios con rigor científico no solo es posible, sino necesario. Reconocer los riesgos, aunque sean mínimos, y buscar formas de mitigarlos es parte del proceso científico que permite mejorar los tratamientos y reforzar la confianza pública.
Hasta la fecha, se han administrado miles de millones de dosis de vacunas de ARN mensajero contra el virus SARS-CoV-2 en todo el mundo, incluidas naciones con sistemas de salud centralizados como Israel, Reino Unido, Canadá o Corea del Sur. Gracias a los registros exhaustivos de estos países y de Estados Unidos, los científicos han podido detectar un pequeño número de casos en los que personas recientemente vacunadas presentaron molestias como dolor torácico, dificultad para respirar o palpitaciones. Aunque en su mayoría fueron síntomas leves y de corta duración, se observó que estos efectos se manifestaban en aproximadamente 7 de cada millón de personas tras la primera dosis, subiendo a 31 por millón tras la segunda, y alcanzando los 60 casos por millón en hombres menores de 30 años. Además, los casos relacionados con la vacuna suelen ser más leves y con recuperación rápida.
De hecho, la mayoría de pacientes con miocarditis tras la vacunación conserva una función cardíaca normal. En los casos leves, el tratamiento suele limitarse a observación médica y control de síntomas. Solo en casos más graves es necesario hospitalización, y las muertes son extremadamente raras. No obstante, la posibilidad de reducir aún más este efecto secundario mediante el uso de genisteína u otros compuestos similares podría representar un avance importante en futuras campañas de vacunación.
El estudio también sugiere que el mismo mecanismo inflamatorio podría estar implicado en efectos secundarios poco frecuentes en otros órganos, como los pulmones o el hígado. Los investigadores ya han observado señales de que la genisteína podría atenuar estas respuestas también, lo que abre nuevas líneas de investigación para otros efectos adversos inmunitarios.
En un mundo cada vez más polarizado en torno a la ciencia y la salud pública, este tipo de hallazgos representan una oportunidad para volver al centro del debate: la evidencia. No se trata de negar que existan riesgos, sino de comprenderlos, acotarlos y minimizarlos sin perder de vista los beneficios colectivos. Porque si algo ha dejado claro la pandemia es que la ciencia no es infalible, pero sí es la mejor herramienta que tenemos para avanzar.