

Hay veces en que los grandes cambios históricos no comienzan con una guerra ni con una decisión política. A veces, todo empieza con una nube. Una nube que nadie vio, que se alzó desde las entrañas de la Tierra a miles de kilómetros de distancia, y que sin embargo acabó alterando el destino de un continente entero.
Es lo que plantea un estudio publicado recientemente en Communications Earth & Environment, una investigación que propone una explicación alternativa al origen de la peste negra en Europa. No es una tesis cualquiera. Se trata, en realidad, de una hipótesis respaldada por múltiples fuentes científicas y documentales que sugiere que el detonante original de la pandemia que mató a más de 25 millones de personas pudo haber sido un volcán. Y no uno europeo, sino uno tropical, anónimo, cuya erupción nunca fue registrada en los documentos medievales.
Esta propuesta nace del trabajo conjunto entre dos investigadores de disciplinas distintas. Por un lado, Martin Bauch, historiador especializado en la relación entre clima y sociedad en la Edad Media. Por otro, Ulf Büntgen, geógrafo y experto en paleoclimatología, con una larga trayectoria en el análisis de anillos de árboles como testigos del clima pasado. Juntos han unido fuerzas para cruzar registros naturales, fuentes escritas, datos de comercio y observaciones astronómicas, construyendo una narrativa que conecta eventos aparentemente desconectados: una erupción volcánica silenciosa, una crisis de cosechas, un comercio desesperado de grano… y el desembarco de la peste en el corazón de Europa.
La investigación parte de un indicio revelador. Al analizar registros climáticos extraídos de los anillos de árboles en los Pirineos españoles, los autores encontraron una rareza: tres veranos consecutivos (1345, 1346 y 1347) marcados por lo que se conoce como “anillos azules”. Se trata de un tipo de señal biológica poco frecuente que indica veranos excepcionalmente fríos, con interrupción de la formación normal de lignina. Estos anillos son una especie de grito silencioso del bosque, un eco vivo de un clima alterado. Y no estaban solos. Cuando los investigadores buscaron señales similares en núcleos de hielo extraídos en Groenlandia y la Antártida, encontraron una alta concentración de sulfato en las capas correspondientes a 1345, una clara señal de actividad volcánica. Pero no cualquier erupción: una que fue capaz de inyectar grandes cantidades de azufre a la estratósfera, bloqueando parcialmente la radiación solar y enfriando el hemisferio norte.
La procedencia del volcán sigue siendo incierta. Lo que los datos sugieren es que fue una erupción tropical, debido a la simetría de las señales encontradas en ambos polos. Lo notable es que esta erupción no aparece en las crónicas de la época. Nadie en Europa pareció percibirla directamente, lo que indica que ocurrió en una región lejana, quizá en el sudeste asiático, en alguna isla del Pacífico o del Índico. Pero aunque invisible, su efecto no tardó en notarse.
De hecho, a partir de 1345, el clima mediterráneo comenzó a mostrar signos de anomalía: veranos más fríos, mayor nubosidad, precipitaciones excesivas. Todo esto ocurrió en un contexto de presión demográfica, después de un largo periodo de crecimiento poblacional. El margen para el error era mínimo. Las malas cosechas se convirtieron rápidamente en un problema social.
Los efectos fueron especialmente duros en el sur de Europa. En Italia, las ciudades-estado llevaban más de un siglo desarrollando redes comerciales y logísticas para garantizar el abastecimiento de grano. Esta infraestructura funcionó razonablemente bien durante crisis anteriores. Pero esta vez, el golpe fue más agudo. Las fuentes contemporáneas hablan de lluvias persistentes, de campos anegados, de malas cosechas y de hambre. Se produjo una escalada de precios, seguida de medidas extraordinarias: requisiciones, préstamos forzosos, y sobre todo, importaciones masivas de grano desde el Mar Negro.
Ahí es donde la historia da un giro decisivo. La zona del Mar Negro estaba bajo control de la Horda de Oro, un poder mongol que mantenía relaciones ambiguas con los comerciantes italianos. Después de años de conflictos, hacia 1346 se reanudaron los intercambios. Génova y Venecia enviaron barcos cargados de sal, vino y textiles a cambio de trigo y cebada. Pero esos barcos, además de cereales, transportaban otro pasajero invisible: la peste.
La bacteria Yersinia pestis ya circulaba por la región desde al menos una década antes, como han demostrado estudios de ADN antiguo en cementerios de Asia Central. En los alrededores de Tana, un puerto comercial clave en el delta del Don, la bacteria se había extendido entre poblaciones de roedores silvestres. Las pulgas infectadas viajaban en los animales, en la paja, en los sacos, o simplemente se aferraban al polvo de grano almacenado en los barcos. Nadie podía saberlo, pero el comercio que salvó del hambre a ciudades como Florencia o Pisa fue también el caballo de Troya que introdujo la peste en Italia.
El recorrido del brote coincide con precisión milimétrica con las rutas del grano. Primero llegaron casos a Messina, luego a Génova, a Pisa, a Venecia. Después, el contagio se expandió hacia el norte, siguiendo los corredores de transporte y comercio.
En pocos meses, Europa occidental estaba infectada. Lo que había empezado como una crisis alimentaria local se convirtió en una pandemia continental. El colapso fue rápido y brutal. No solo murieron millones de personas. También se interrumpió la vida económica, se colapsaron las redes urbanas, se alteraron las jerarquías sociales. Las consecuencias de aquella ola de peste se prolongaron durante generaciones.
El estudio no afirma que la peste no hubiera llegado sin la erupción. Lo que sostiene es que esta catástrofe natural aceleró y sincronizó el proceso. Que el clima extremo forzó decisiones comerciales desesperadas, y que esas decisiones abrieron una puerta a la infección. En otras palabras, el volcán no fue la causa directa de la peste, pero sí fue el primer dominó en una cadena de eventos interrelacionados que culminaron en el desastre.
Este enfoque representa un cambio de paradigma en la forma en que se interpreta la historia de las pandemias. No basta con mirar al patógeno, ni a su vector. Hay que entender los sistemas humanos en los que se inserta: la economía, el clima, las estructuras sociales. La peste negra no fue solo un episodio biológico. Fue el resultado de una combinación letal de factores que incluían el comercio, la geopolítica y el clima.
También es una advertencia. En un mundo globalizado como el nuestro, donde el comercio internacional es más intenso que nunca y donde el cambio climático está alterando ecosistemas a un ritmo acelerado, las condiciones que propiciaron la pandemia del siglo XIV no son tan ajenas como podrían parecer. La historia, lejos de ser una colección de fechas muertas, es un laboratorio de escenarios.
Los autores del estudio no afirman haber encontrado la “verdad definitiva” sobre el origen de la peste. Lo que proponen es una lectura integradora, que une la geología, la climatología y la historia para explicar cómo un evento natural distante puede tener consecuencias humanas devastadoras. Su trabajo no desmiente las narrativas anteriores —como la del sitio de Caffa y la catapulta de cadáveres infectados—, pero las contextualiza dentro de un marco más amplio. Muestra que la historia no avanza por una única causa, sino por la confluencia de múltiples factores que se potencian entre sí.
La gran lección de este estudio no está solo en su contenido, sino en su metodología. Es un ejemplo brillante de lo que ocurre cuando las humanidades y las ciencias naturales trabajan juntas. Cuando los anillos de un árbol y los manuscritos de un archivo “dialogan”, la historia se vuelve más rica, más precisa, más humana. Y también más útil para comprender el presente.