El regreso silencioso del sarampión: la fragilidad de una victoria sanitaria que creíamos irreversible

El sarampión parecía una enfermedad del pasado, pero sus cifras actuales en España y Europa revelan que el virus nunca desapareció.
Durante décadas fue el ejemplo perfecto de cómo la ciencia podía doblegar a un virus; hoy, las cifras recuerdan que ninguna conquista en salud pública es permanenteDurante décadas fue el ejemplo perfecto de cómo la ciencia podía doblegar a un virus; hoy, las cifras recuerdan que ninguna conquista en salud pública es permanente
Durante décadas fue el ejemplo perfecto de cómo la ciencia podía doblegar a un virus; hoy, las cifras recuerdan que ninguna conquista en salud pública es permanente. Foto: Istock/Christian Pérez

Durante años, el sarampión ha sido presentado en los manuales de salud pública como una victoria casi definitiva. No erradicado, pero sí controlado hasta niveles residuales en gran parte del mundo desarrollado. Era una enfermedad del pasado, asociada a fotografías en blanco y negro y a relatos de generaciones anteriores.

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Esa sensación de tranquilidad empieza a resquebrajarse.

En apenas dos años, España ha pasado de registrar cifras testimoniales a contabilizar varios centenares de casos. En 2023 se confirmaron 11 infecciones. En 2024 fueron 227. En 2025, la cifra ascendió a 397. El incremento no es lineal: es abrupto. Y detrás de ese salto estadístico hay algo más que una variación puntual.

La Organización Mundial de la Salud ha determinado que ya no se cumple el criterio técnico de interrupción sostenida de la transmisión durante al menos doce meses consecutivos. Es un matiz epidemiológico que tiene implicaciones profundas. No significa que el virus esté descontrolado, pero sí que ha logrado mantener cadenas activas más allá del umbral que define la eliminación.

España no es una excepción aislada. Alemania, Francia o Italia ya han sido evaluadas como países con transmisión endémica restablecida. El continente europeo, que aspiraba a liderar la eliminación global, enfrenta una paradoja: dispone de una vacuna altamente eficaz, sistemas de vigilancia robustos y recursos sanitarios avanzados, pero el virus vuelve a encontrar huecos.

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El virus más contagioso que conocemos

El catedrático de Parasitología de la Universidad de Valencia, Rafael Toledo, insiste en que el rasgo que diferencia al sarampión del resto de infecciones respiratorias es su extraordinaria capacidad de transmisión. El número básico de reproducción, el conocido R₀, se sitúa entre 12 y 18. Esto implica que, en una población susceptible, una sola persona puede contagiar hasta 18.

Para comprender la magnitud de esa cifra basta compararla con otros virus. La gripe estacional presenta un R₀ aproximado de 1 a 2. El SARS-CoV-2 en su fase inicial oscilaba entre 2 y 3. El sarampión multiplica esa capacidad.

No se trata solo de contacto directo. El virus puede permanecer suspendido en el aire hasta dos horas después de que una persona infectada abandone una habitación. En ese escenario, si alguien sin inmunidad entra en ese espacio, la probabilidad de que enferme ronda el 90 %. Es decir, nueve de cada diez personas no vacunadas que se exponen al virus desarrollarán la enfermedad.

Toledo subraya que precisamente esa transmisibilidad explosiva explica la aparición de brotes concentrados cuando se produce un descenso, aunque sea pequeño, en la cobertura vacunal. En España, las tasas siguen siendo elevadas en términos generales —por encima del 95 % en primera dosis y en torno al 90 % en segunda—, pero existen bolsas territoriales y poblacionales por debajo del umbral óptimo.

Ese umbral no es arbitrario. Para frenar la circulación del sarampión se necesita que al menos el 95 % de la población elegible haya recibido dos dosis. Por debajo de esa cifra, la inmunidad colectiva se debilita.

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Una falsa sensación de control

Las cifras nacionales pueden transmitir una sensación de control. Pero el virus no se propaga en promedios, sino en comunidades concretas.

En 2024, alrededor del 70 % de los casos detectados en España correspondió a personas no vacunadas y un 10 % adicional a individuos con una sola dosis. Algunas comunidades autónomas presentan coberturas de segunda dosis por debajo del 90 %, y en ciertos territorios descienden incluso más.

El pediatra y colaborador del Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría, Ángel Hernández-Merino, ha explicado que la eliminación del sarampión exige tres condiciones: interrupción de la transmisión durante al menos doce meses, mantenimiento de esa situación durante tres años consecutivos y un sistema de vigilancia eficaz. Cuando una cadena se prolonga más allá del año, el estatus se revisa.

En el caso español, los datos de 2024 no cumplieron ese criterio de interrupción sostenida. Si la situación persistiera, el país podría consolidar formalmente la consideración de transmisión endémica restablecida (el pasado mes de enero conocíamos que ya había perdido el estatus de país libre de sarampión).

Ahora bien, Hernández-Merino matiza que la cobertura vacunal global sigue siendo buena y que el riesgo para quienes han recibido la pauta completa es muy bajo. El problema, señala, no está en la eficacia de la vacuna, sino en los colectivos susceptibles.

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Entre ellos figuran adultos nacidos después de 1978 —años en los que la implantación de la vacunación fue desigual—, personas migrantes procedentes de países con alta incidencia y menores de un año, aún demasiado pequeños para haber recibido la primera dosis.

Las vacunas han sido víctimas de su propio éxito: cuando desaparece el miedo a la enfermedad, también desaparece la urgencia de prevenirla.

No es solo un exantema

Uno de los riesgos del siglo XXI es la pérdida de memoria colectiva. El sarampión dejó de ser visible en la vida cotidiana, y con ello se diluyó la percepción de peligro.

Las cifras clínicas, sin embargo, siguen siendo alarmantes. Por cada 10.000 personas que contraen sarampión, alrededor de 2.000 requieren hospitalización. Unas 500 desarrollan neumonía, que continúa siendo la causa más frecuente de muerte asociada a la enfermedad. Entre 10 y 30 niños pueden fallecer por complicaciones respiratorias o neurológicas. Aproximadamente 10 desarrollan encefalitis, una inflamación cerebral que puede dejar secuelas permanentes como sordera o discapacidad intelectual. Además, se registran en torno a 1.000 infecciones de oído en niños, algunas con riesgo de pérdida auditiva permanente, y pueden aparecer trastornos de la coagulación en más de tres casos por cada 10.000 infectados.

La infección no siempre termina cuando desaparece el sarpullido.

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Estudios publicados en revistas como Science y Science Immunology demostraron que el virus puede eliminar parte de la memoria inmune previamente adquirida. En niños no vacunados, se ha observado la pérdida de entre el 11 % y el 73 % de anticuerpos frente a otros patógenos. Es lo que algunos investigadores denominan “amnesia inmunitaria”: el sistema defensivo retrocede a un estado funcional más inmaduro, aumentando la vulnerabilidad frente a infecciones comunes durante los años posteriores.

Existe también una complicación infrecuente pero devastadora: la panencefalitis esclerosante subaguda, que puede aparecer años después de la infección inicial y resultar mortal, cuando el virus persiste en el cerebro y provoca un deterioro irreversible. Por ejemplo, una revisión de los casos registrados en California encontró que afectó a uno de cada 1.367 niños no vacunados menores de cinco años que habían contraído sarampión.

El espejo estadounidense

Si Europa ofrece una advertencia, Estados Unidos se ha convertido en un caso de estudio.

En 2025, el país registró más de 2.200 casos confirmados, la cifra anual más alta desde 1991. Se documentaron 49 brotes, frente a 16 el año anterior. Tres personas fallecieron (de las cuales, dos eran niñas no vacunadas). El epicentro inicial se localizó en Texas, pero la transmisión se extendió a otros estados.

En las primeras semanas de 2026, los casos superaban ya los 900, situando el año entre los más graves desde el 2000, cuando Estados Unidos declaró eliminada la transmisión endémica. La cobertura nacional ronda el 92,5 %, por debajo del 95 % necesario para asegurar la inmunidad colectiva.

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El contexto político ha añadido un componente adicional. La llegada de una nueva administración federal con posiciones históricamente críticas hacia determinadas políticas de vacunación ha generado debate público. Aunque las autoridades sanitarias mantienen que la vacuna es la herramienta más eficaz contra el sarampión, los recortes en programas de salud pública y el discurso sobre la “elección personal” han coincidido con el descenso de coberturas en algunas comunidades.

La experiencia estadounidense demuestra que el virus no necesita mayorías, sino espacios de vulnerabilidad concentrados.

Europa: una reducción engañosa

En la Unión Europea y el Espacio Económico Europeo se notificaron 7.655 casos en 2025. Es una caída significativa respecto a los más de 35.000 registrados en 2024, pero casi el doble de los notificados en 2023.

Ocho personas fallecieron en 2025: cuatro en Francia, tres en Rumanía y una en Países Bajos. La mayoría de los contagios se adquirieron localmente, lo que confirma la existencia de transmisión comunitaria activa.

En el Reino Unido, al menos 34 niños han resultado infectados en varios colegios del norte de Londres en enero de 2026. Uno de cada cinco requirió ingreso hospitalario y todos los hospitalizados no estaban completamente inmunizados. La cobertura de dos dosis a los cinco años se sitúa en torno al 84 %, lejos del objetivo del 95 %. La OMS ya anunció que el país había perdido su estatus de eliminación tras los brotes de 2024.

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La falsa sombra del autismo

El debate sobre la vacunación sigue condicionado por una controversia científica cerrada hace más de dos décadas. La supuesta relación entre la vacuna triple vírica y el autismo ha sido examinada en estudios poblacionales de enorme tamaño.

Investigaciones en Dinamarca con más de 500.000 y más de 650.000 niños descartaron cualquier vínculo. Un metaanálisis de 2014 que incluyó más de 1,2 millones de menores llegó a la misma conclusión. La revisión Cochrane de 2020, basada en 138 estudios y más de 23 millones de niños, reafirmó que no existe evidencia de asociación.

Estudios recientes han profundizado en la base genética y prenatal del autismo, identificando más de un centenar de genes implicados en el desarrollo temprano del cerebro. La hipótesis biológica de que una vacuna administrada después del nacimiento desencadene un trastorno cuyo origen se sitúa en fases tempranas del desarrollo fetal carece de plausibilidad. De hecho, un estudio publicado en Nature en el año 2024 describió cómo determinadas alteraciones proteicas ocurridas durante el desarrollo embrionario podrían explicar casos de autismo idiopático.

El problema no es científico. Es comunicativo.

España ante el desafío

En nuestro país, el riesgo inmediato para las personas correctamente vacunadas sigue siendo bajo. Pero el aumento de casos es una señal de advertencia.

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Hernández-Merino insiste en la necesidad de reforzar la identificación precoz de casos sospechosos, mejorar la búsqueda activa de personas susceptibles y garantizar el cumplimiento de la pauta completa a partir de los 12 meses. En caso de duda sobre el estado vacunal, la recomendación es clara: vacunar.

Toledo advierte de que el sarampión no es actualmente endémico en España porque no ha circulado durante más de doce meses consecutivos, pero recuerda que esa situación depende de mantener coberturas altas.

Las vacunas han sido víctimas de su propio éxito. Al desaparecer la enfermedad de la experiencia cotidiana, desaparece también la percepción de riesgo.

El sarampión no ha cambiado. Sigue siendo el mismo virus altamente contagioso que, antes de 1963, infectaba a millones de niños cada año. Y que, aún en el año 2024, causó la muerte de 95.000 personas en todo el mundo, en su mayoría niños menores de cinco años no vacunados (o sin la pauta completa). Lo que cambia es nuestra capacidad colectiva para mantenerlo a raya.

La historia reciente demuestra que basta una caída de pocos puntos porcentuales para que el equilibrio se rompa. Y las cifras son claras: desde el año 2000, la vacunación ha salvado la vida a casi 59 millones de personas y reducido las muertes por sarampión un 88 %.