

El autismo no tiene una sola cara. Puede manifestarse de formas muy distintas, en personas con niveles de lenguaje, sociabilidad y conducta completamente diferentes. Pero a pesar de esa variedad, hay rasgos comunes que se repiten una y otra vez. Eso es lo que desconcierta tanto a la ciencia como a las familias: ¿cómo puede un trastorno con causas genéticas tan diversas producir comportamientos similares?
Un reciente estudio publicado en Nature da un paso clave para responder esta pregunta. Utilizando modelos de laboratorio basados en células madre humanas, un equipo liderado por investigadores de UCLA ha logrado observar cómo distintos tipos de mutaciones relacionadas con el trastorno del espectro autista (TEA) acaban afectando rutas comunes del desarrollo cerebral temprano. Este hallazgo no solo ofrece una nueva explicación para los rasgos compartidos del autismo, sino que también abre la puerta a terapias más eficaces.
Organoides cerebrales para entender un momento invisible
Uno de los principales retos para estudiar el autismo es que sus raíces se encuentran en una etapa muy temprana del desarrollo fetal, cuando el cerebro apenas comienza a formarse. Ese momento, obviamente, no se puede observar directamente en humanos. La solución que encontraron los científicos fue crear organoides cerebrales, es decir, pequeños tejidos cerebrales cultivados en laboratorio a partir de células madre humanas.
En este estudio, los investigadores trabajaron con líneas celulares derivadas de personas con ocho mutaciones genéticas diferentes asociadas al autismo, junto con muestras de personas sin diagnóstico y de casos de autismo idiopático (aquellos en los que no se conoce la causa genética). Observaron cómo se desarrollaban estos mini-cerebros durante 100 días, una ventana clave para el desarrollo neuronal.
“Capturamos cambios moleculares durante el desarrollo cerebral fetal temprano, una etapa crítica cuando los genes de riesgo para el autismo están más activos”, explica el artículo publicado en Nature.

Diferentes mutaciones, mismos caminos
Aunque al principio cada organoide mostró características moleculares distintas —dependiendo de la mutación genética que tenía—, con el paso del tiempo todas estas diferencias comenzaron a converger. A medida que las células maduraban, las mutaciones afectaban procesos similares, en especial los relacionados con la maduración neuronal y la formación de sinapsis, es decir, las conexiones entre neuronas.
“Las mutaciones comienzan afectando diferentes aspectos del desarrollo cerebral temprano, pero terminan impactando rutas superpuestas”, señala el investigador Daniel Geschwind, autor principal del estudio.
Este patrón de convergencia sugiere que, aunque las causas genéticas del autismo sean múltiples, existen rutas comunes a nivel celular y molecular que terminan afectadas en casi todos los casos. Ese punto de coincidencia podría ser clave para explicar por qué tantas personas con autismo comparten ciertos rasgos, como dificultades en la comunicación social o patrones repetitivos de conducta.
La pista de los genes reguladores
Los científicos lograron identificar una red de genes que parecen actuar como “nodos centrales” en esta convergencia. Son genes encargados de regular la expresión genética y de organizar el ADN para que esté accesible a las células. Cuando estos genes fueron modificados uno por uno mediante tecnología CRISPR, se comprobó que muchos de ellos controlan rutas celulares previamente asociadas al autismo.

Este hallazgo es fundamental porque apunta hacia mecanismos biológicos que no dependen de una sola mutación, sino que son compartidos por distintos orígenes genéticos. “Nuestro trabajo amplía estudios anteriores y sugiere que, pese a la complejidad genética del autismo, pueden identificarse cambios biológicos comunes y medir su aparición durante el desarrollo cerebral temprano”, afirman los autores.
Esta red reguladora podría convertirse en un objetivo clave para investigaciones futuras, incluyendo el diseño de fármacos que puedan intervenir en esas rutas antes de que se consoliden los cambios neuronales relacionados con el TEA.
Qué ocurre en el autismo idiopático
Un aspecto interesante del estudio es que también se incluyeron organoides derivados de personas con autismo sin una mutación genética conocida. En estos casos, no se observaron patrones moleculares tan claros ni consistentes, lo que confirma que el autismo idiopático tiene una arquitectura genética mucho más compleja y probablemente poligénica.
Esto refuerza la necesidad de hacer estudios a mayor escala que consideren la interacción entre múltiples variantes genéticas menores, algo que aún está en fases muy iniciales. Aun así, el modelo usado en este trabajo ofrece una herramienta valiosa para comenzar a entender cómo se organiza el cerebro cuando los factores de riesgo están presentes desde las primeras fases de la vida.
Una nueva era para estudiar el cerebro en desarrollo
Más allá de sus hallazgos concretos, este estudio representa un avance técnico notable. Gracias al uso de células madre y organoides, es posible por primera vez observar en tiempo real cómo distintas alteraciones genéticas influyen en el destino de las células cerebrales humanas.
Este tipo de modelo puede servir no solo para el autismo, sino también para otros trastornos del neurodesarrollo. Como concluye el equipo de UCLA, “este trabajo demuestra cómo los modelos con células madre pueden ayudarnos a entender condiciones del neurodesarrollo durante los periodos más relevantes para el origen de las enfermedades”.
Si en el futuro se logran intervenir estas rutas comunes antes de que el cerebro termine de organizarse, podríamos estar frente a una nueva estrategia para reducir el impacto del autismo en etapas tempranas. Un camino prometedor que, por ahora, empieza con mapas genéticos y cerebros en miniatura.
Referencias
Daniel Geschwind et al., Developmental convergence and divergence in human stem cell models of autism, Nature (2026). https://doi.org/10.1038/s41586-025-10047-5