

Australia ha logrado un hito que parecía impensable hace apenas dos décadas: por primera vez desde que existen registros, no se ha detectado ni un solo caso de cáncer de cuello uterino en mujeres menores de 25 años. Este dato, registrado en 2021, es más que una buena noticia sanitaria. Es la prueba contundente del poder transformador de la vacunación contra el virus del papiloma humano (VPH) y del impacto que puede tener una política de salud pública decidida, basada en evidencia científica y blindada ante las campañas de desinformación antivacunas.
El dato no es menor. Desde 1982, año en que Australia comenzó a recolectar estadísticas fiables sobre este tipo de cáncer, nunca se había alcanzado una cifra tan baja en este grupo de edad. El mérito es, sin lugar a dudas, del programa nacional de vacunación contra el VPH, que comenzó a aplicarse en 2007 y que se convirtió en pionero a nivel mundial por su cobertura gratuita y su enfoque poblacional. Las niñas australianas empezaron a recibir la vacuna en la adolescencia, y más adelante se incluyó también a los varones. Hoy, esa primera generación vacunada está entrando en la edad adulta con una protección sin precedentes frente a uno de los cánceres más prevenibles que existen.
El informe 2025 del Centro Nacional de Excelencia en Investigación sobre el Control del Cáncer Cervical (NHMRC CRE), que repasa los avances hacia la eliminación del cáncer de cuello uterino como problema de salud pública, dedica un apartado especial a este logro. No solo es histórico, sino que representa el punto de inflexión de una estrategia que ha venido dando resultados graduales durante más de una década. Y, al mismo tiempo, lanza una advertencia urgente: los índices de vacunación están descendiendo y eso podría comprometer el objetivo final.
En 2020, el 85,7% de los adolescentes australianos estaban completamente vacunados contra el VPH antes de los 15 años. En 2024, esa cifra había caído al 79,5%. Aunque aún alta en comparación internacional, la tendencia descendente preocupa. El informe advierte que esta disminución se acentúa en poblaciones indígenas, en zonas rurales y entre adolescentes de contextos socioeconómicos más desfavorecidos. Las causas son múltiples: barreras logísticas en las campañas escolares de vacunación, baja asistencia, dificultades de comunicación con las familias y, en parte, una creciente desinformación en redes sociales.
En ese contexto, el dato de 2021 cobra todavía más valor. Es la demostración empírica de lo que sucede cuando se protege la salud pública con políticas firmes y se resiste a las campañas negacionistas. No es casualidad que Australia sea uno de los pocos países del mundo que realmente están cerca de eliminar el cáncer de cuello uterino como problema de salud pública, en línea con el objetivo marcado por la Organización Mundial de la Salud para el año 2030.
Más allá de ese hito puntual, el informe también muestra otras señales positivas. La prevalencia del VPH tipo 16 y 18 —los más oncogénicos— ha descendido de forma drástica. En 2024, solo el 1,4% de las mujeres entre 25 y 74 años portaban esos tipos virales. En mujeres jóvenes de 25 a 29 años, la prevalencia era de apenas el 1%, con reducciones aún más marcadas entre las mujeres indígenas. Esto indica que las nuevas generaciones están cada vez más protegidas, y que el efecto de rebaño comienza a hacerse visible.
Pero no todo es motivo de celebración. El mismo informe advierte que las tasas de cribado cervical están bajando, a pesar de las mejoras en el acceso. En 2024, solo el 74,2% de las mujeres elegibles estaban al día con sus pruebas de detección, lo que representa el segundo año consecutivo de descenso. Esto es preocupante, ya que el cribado permite detectar lesiones precancerosas que pueden tratarse antes de que evolucionen a cáncer. Aunque se han introducido métodos más accesibles, como la auto-recolección de muestras, persisten barreras económicas, culturales y geográficas.
El tratamiento de lesiones también muestra una leve desaceleración. En 2023, el 86,5% de las mujeres con lesiones de alto grado habían recibido tratamiento en el plazo de un año, una cifra positiva, pero todavía por debajo del objetivo del 90% propuesto por la OMS. Y una vez más, las disparidades persisten: las mujeres indígenas y quienes viven en zonas remotas tienen más dificultades para acceder a consultas especializadas y tratamientos oportunos.
Las tasas generales de incidencia también reflejan un descenso, aunque lento. En 2021, la tasa nacional era de 6,3 casos nuevos por cada 100.000 mujeres, aún por encima del umbral de eliminación definido por la OMS (menos de 4 casos). Pero si se observa por grupos, las desigualdades son evidentes: entre las mujeres indígenas, la tasa fue de 11,7, casi el triple que en la población general. Estas diferencias no son inevitables; son el reflejo de brechas estructurales que aún deben ser cerradas.
El informe también hace un llamado a mejorar los sistemas de datos. Australia necesita una infraestructura de información más sólida, con integración de registros de vacunación, cribado y cáncer. Esto permitiría hacer un seguimiento más preciso, especialmente en poblaciones históricamente invisibilizadas, como personas LGBTQ+, intersexuales o comunidades cultural y lingüísticamente diversas.
Pese a todo, el optimismo se impone. Si Australia logra mantener la cobertura de vacunación, mejorar la participación en el cribado y reducir las desigualdades en el acceso al tratamiento, puede convertirse en el primer país del mundo en eliminar de manera efectiva el cáncer de cuello uterino. El hecho de que ya haya generaciones jóvenes completamente libres de esta enfermedad demuestra que no se trata de una utopía, sino de una meta real, al alcance de cualquier país que decida tomarse en serio la prevención y el acceso equitativo a la salud.
Esta misma semana conocíamos que dos grandes revisiones llevadas a cabo por Cochrane, con datos de más de 132 millones de personas, confirman que la vacuna del VPH reduce hasta en un 80% el riesgo de cáncer de cuello uterino y otros tumores relacionados con el virus, sin riesgo de efectos adversos graves. A su vez, recientemente conocíamos que, en los países con menos recursos, se había conseguido proteger a 86 millones de niñas contra el virus del papiloma humano (VPH) antes de lo previsto, evitando más de un millón de muertes. A su vez, un estudio publicado en el Journal of the National Cancer Institute encontró que ninguna de las mujeres que recibieron la vacuna a los 12 o 13 años en Escocia había desarrollado cáncer de cuello de útero en los 16 años que lleva el programa de vacunación. Mientras que Dinamarca había alcanzado recientemente un hito histórico, dado que los tipos de VPH que causaban la mayoría de los cánceres de cuello uterino están a punto de desaparecer tras 17 años de vacunación, según un nuevo estudio publicado en Eurosurveillance.
Australia ha mostrado el camino. Ahora depende de que no lo desvíe la complacencia, la desinformación ni la desinversión. Porque si algo ha quedado claro con este informe, es que el cáncer de cuello uterino no es una condena inevitable: es una enfermedad que se puede prevenir, controlar y, con el compromiso suficiente, eliminar.